Marta Calderón Jiménez

Soy psicóloga general sanitaria, graduada en Psicología por la UNED, con menciones en Intervención Clínica, Psicología de la Salud y Psicología del Trabajo. Tengo dos másteres universitarios: uno hablitante, Psicología General Sanitaria, y otro en Psicología Infantil y Juvenil. 

Mi enfoque es integrador, adaptando la terapia a cada persona según su historia, su momento vital y su manera de sentir. Me he formado en áreas como apego, ansiedad, autoestima, psicología integradora e inteligencia emocional, y sigo en formación continua porque creo que el buen acompañamiento nunca deja de aprender.

Antes de centrarme en la psicología clínica, trabajé en el ámbito organizacional, donde confirmé algo que veo constantemente: muchas personas sostienen vidas funcionales por fuera, mientras por dentro están agotadas, perdidas o en piloto automático.

Hoy acompaño principalmente a adultos que sienten malestar emocional persistente, ansiedad, estrés, confusión o desconexión interna, aunque no siempre sepan explicar lo que les pasa con claridad.

Mi objetivo no es “arreglar” a nadie, sino ofrecer un espacio donde cada persona pueda sentirse escuchada, comprendida y acompañada, sin prisa ni juicio y tenga las herramientas para recuperar el control de su vida.

 

Esa es mi parte profesional. Si te interesa, quiero contarte mi parte más personal.

Durante años yo misma he sostenido mucho más de lo que realmente podía.
Mi madre falleció cuando yo tenía 16 años, tras un largo proceso contra el cáncer. Y aunque eso me marcó, lo que me costó realmente no fue gestionar ese duelo. Fue todo lo que aprendí a hacer desde entonces para no volver a sentirme tan vulnerable.

Me convertí en la fuerte, la resolutiva, la que siempre estaba para todo y para todos, la que acompañaba, organizaba, controlaba… para que nada ni nadie se rompiera. Tenía respuestas para todos… menos para mí.

Por fuera todo parecía en orden. Pero por dentro me sentía cada vez más desconectada de mí.
Me sentía perdida, vacía, con esa sensación de que algo fallaba… aunque no supiera decir el qué.
Pensaba que lo mío no era suficiente como para pedir ayuda y no solo eso, sino que debía solucionarlo yo.
Que podía con todo yo sola. O al menos tenía que poder.

Recuerdo la primera vez que decidí pedir ayuda, escribí un email a las dos de la mañana, llorando, diciendo que me gustaría que me ayudaran que no sabía exactamente que me pasaba pero me sentía triste. No había pasado nada especial en ese momento. Simplemente era el cansancio después de años de tirar sola y mirar a otro lado. De poder con todo. De no parar nunca.

Cuando empecé a ir a terapia, tampoco sabía muy bien qué decir, qué me pasaba, qué quería… Yo solo sabía que no podía seguir igual porque al final me iba a pasar factura.

Te seré sincera, no fue solo la terapia en sí lo que me ayudó, fue el tomar responsabilidad de mi vida por primera vez.
Ahí empecé a mirar mi historia desde otro lugar. A dejar de huir. A empezar a tomar el control de mi vida.
Porque sí, es importante que te den las herramientas y te enseñen a usarlas, pero también hay que decidir usarlas. Y eso… no lo puede hacer nadie por ti.

Ahí entendí algo muy claro: si iba a acompañar a otras personas, tenía que empezar por acompañarme a mí primero.

Por eso, no solo te quiero acompañar como profesional formada, sino también como alguien que ha estado en ese mismo lugar:
el de no saber qué te pasa… pero saber que no quieres seguir así eternamente.

Y créeme, no hace falta tenerlo claro para empezar. Solo hace falta querer dejar de sentirte tan lejos de ti.
Te seré sincera, mi vida no cambió de la noche a la mañana… no puedes pasar del punto A al punto B inmediatamente, no hay una varita mágica… es un proceso y un proceso no siempre es lineal. Pero merece la pena, porque más difícil y doloroso es quedarse en el punto A… aunque a veces no queramos aceptar eso y nos digamos ‘que no, que todo va bien’, créeme duele más ignorarlo que enfrentarlo y ver que con los años solo se ha hecho más grande… aunque al principio parezca que no. Cuánto sufrimiento nos causamos a veces solo por querer evitar ese dolor a toda costa…

Más sobre mí.

No, no tuve siempre claro que quería ser psicóloga. 
Soy una persona que ha probado miles de cosas tanto a nivel de aficiones (guitarra eléctrica, baile clásico, baile moderno, teatro, ajedrez, fotografía, motos, esquí, buceo, kitesurf, barranquismo, senderismo, correr, pádel, baloncesto, ciclismo, natación…) como a nivel más profesional (camarera, azafata de eventos, dependienta, técnica de laboratorio, quiromasajista, secretaria de autoescuela, gestora comercial de banca, consultora de RRHH…).
Y no, obviamente no he mantenido todo, pero cada experiencia y cada cambio me enseñó algo sobre mí misma. 

Si hay algo que siempre he querido y he sentido que se me daba bien: ayudar a las personas.
Siempre he sido una persona muy empática, sensible y atenta a los demás.
Si te dijera que lo que me llamó de la psicología en un principio fue entender el comportamiento y la mente humana te engañaría (eso me enamoró después).
Porque si no hubiera chocado 
(en mi opinión) con algún valor fuerte mío como la libertad, perfectamente podría haber escogido otra profesión como enfermera, trabajadora social, educadora social… que tanto ayudan a las personas.
Pero elegí psicología (y lo elegí a distancia). Porque me conocía. Porque gracias a probar muchas cosas antes sabía lo que necesitaba: flexibilidad para tener mis horarios, organizar mi tiempo y no sentirme atrapada. Porque no tenerlo, a mí, me hacía tremendamente infeliz.

Y, ¿por qué tanto sobre el mar?

Porque a veces siento que es lo único que necesito (no puede ser una coincidencia mi nombre mar-ta).
A pesar de estar totalmente enamorada de Madrid y haber nacido y vivido ahí durante casi 30 años de mi vida, diría que el mar es uno de mis imprescindibles.
A parte de en Madrid, he vivido en Cantabria, Galicia, Valencia… y sí, todas tienen en común una cosa: el mar.

Si tuviera que decir una sola cosa por lo que me gusta es porque me da presencia y esa presencia me da paz.
En mi camino por cultivar la presencia y la paz interior, el mar siempre me lo ha puesto mucho más fácil.
Porque, aunque el mar es un elemento externo, y yo te hablaba de paz interior; después de muchos años estudiando y viviendo dos perspectivas (la de todo está en tu mente y la del contexto determina), concuerdo con una idea que tiene a ambas en cuenta: aunque el contexto no es decisivo (y por tanto no debe hacer que te resignes en ningún momento a tu situación), si que influye. Comprenderlo me ha enseñado a ser más compasiva conmigo misma y más amable con mi proceso, sin excesivas comparaciones.

En mi trabajo como psicóloga, combino mis aprendizajes y experiencia con la empatía que me ha acompañado toda la vida para acompañarte a descubrir tu camino.
No se trata de llegar rápido a ningún destino, sino de crear un espacio seguro donde puedas conocerte, aceptarte y avanzar a tu manera.
Mi experiencia me ha enseñado a valorar los procesos individuales y la importancia de ofrecer un espacio donde se respete tu ritmo, sin comparaciones ni prisas, con atención plena a lo que realmente necesitas.
Por eso creé Mente Calmada: porque cuanto antes te conozcas, antes encontrarás la clave para estar realmente en paz y sentirte feliz, con lo que eso signifique para ti.

 

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